Erotismo
Por Moises Vega • 19-08-2008 • Categoría: Sexo con Moisés
Buen día. Les saludo de mi trinchera virtual. Me trae por acá la segunda entrega de “Sexo con Moisés” donde les escribiré sobre el erotismo desde el punto de vista estético. No está demás aclarar (aclarando antes de aclarar, en mi caso, es un primer movimiento y no una reacción) que los espíritus más nobles de todos los tiempos han hecho del erotismo un juego verbal de consecuencias míticas.
Hay un fenómeno que la política y los dogmas fomentaron siempre y con caracteres de atropello hacia la libertad del escritor la mayoría de las veces: impedir y negar el influjo de Eros en las artes de la palabra. El arte poético, a pesar de obras miserables y muy desgraciadas como las del Márquez de Sade, (al que critico no por su atrevimiento sino por su burdo descaro) es el que se ha nutrido en mayor medida del erotismo. Es tan simple como recordar la función principal de las palabras: exprimir, excitar sentimientos.
Poesía sensual, erótica y pornográfica o simplemente amorosa, está en la esencia y en la textura de la propia poesía, en su tesón (tensión) original. Sea de forma objetiva, explícita o en la interpretación del lector, en su subjetividad. La poesía, en alguna dimensión, tiene su carga sensual, por ser humana.
Parece que la vida no basta, de ahí la razón de la literatura, para prolongar, extender la vida, hace que el amor se amplié o perpetué en palabras, y viceversa.
De todos los sentidos, la vista es el más metafísico, el menos físico. La última realidad del mundo físico no es accesible al ojo, sino al tacto. Un color o un perfume son fantasmas que se crean en el cerebro de quienes los perciben: una pedrada o una caricia estarán siempre ahí para demostramos que el mundo existe. El erotismo visual es, por tanto, el menos erótico de todos, siendo el más radical de todos el erotismo tangible, el que suscita el diálogo entre dos epidermis distintas. Hay algo en todo esto que se acerca a lo que Merleau-Ponty llamaba la “fe perceptiva”: creemos lo que vemos porque seguimos considerando necesario ver para creer. Vivimos prisioneros en el mundo de lo evidente: la evidencia nos deja ciegos ante la invisible esencia. Pero la “fe perceptiva” no es más que otro de los nombres de la Costumbre. En la época de las imágenes virtuales, los dioses que no se ven son dioses dudosos, es por esto que toda metafísica de lo invisible tiene hoy el estatuto revisionista de una herejía: la paradoja mayor de nuestra época es precisamente el condicionamiento cultural al que nos somete una civilización basada en la imagen visual, la cual tiene cada vez menos que ver con el cuerpo, con nuestros cuerpos: desde el monitor por el que accedemos al intemet hasta el condón que nos permite una “conexión segura”, pasando por el vídeo, el cine, el DVD y todos los sofisticados soportes y artilugios de teletransportación de imágenes vía satélite, todo el Occidente está dando un espantoso viraje hacia el “ver pero no tocar”, o lo que es peor, hacia el “tocar sin tocar”.
Es precisamente este abandono progresivo del tacto lo que hace que el erotismo de nuestros días, erotismo casi exclusivamente “visual”, parezca cada vez más una especie de ascetismo pervertido. Los ascetas, como se sabe, niegan sus cuerpos, se mortifican y se alejan de las fuentes de placer corporal, en busca de algún tipo de purificación. De la misma manera, el erotismo visual niega el cuerpo simplemente con mostrarlo en su más superficial desnudez. El derecho a mostrar públicamente su cuerpo desnudo o casi desnudo se considera en la mayoría de las sociedades postmodemas una de las conquistas libertarías de la mujer. Por todas partes, el dilema es el mismo: Ver, pero no tocar.
En oposición al estatuto del erotismo en las artes visuales, el cual se funda en el valor referencial de cuerpos o de objetos antropocéntricamente valorizados, el erotismo literario está en la obligación constante de restituir el lugar y el valor del cuerpo en el lenguaje. En ningún otro arte podrá estar nunca el cuerpo, como está en la literatura, tan cerca de lo que es su estar en la vida: más cerca de lo sensible que de la fantasía.
Negar el cuerpo es reducir el ser al estatuto de fantasma. La idea del cuerpo que aportaron Laplanche y Pontalis como un “objeto anatómico-psicológico” me sigue pareciendo válida, tanto más cuanto que no hay manera de hacer que un cuerpo entre realmente en nuestra razón si no es a través de nuestros sentidos. Esto fue, grosso modo, lo que Kant quiso decirnos: todo cuerpo es inaccesible en su totalidad al conocimiento, apenas podemos formular algunas hipótesis más o menos válidas acerca de su corporeidad.
Artaud quiso decirnos más o menos lo contrario cuando nos habló acerca del teatro de la crueldad. El “atletismo espiritual” de Artaud nos pide meter cada vez más el cuerpo en el lenguaje, hacer que el cuerpo saque la cabeza por encima de nuestras palabras. Y cuando el cuerpo habla, grita, sucede la siguiente pieza poética de gran valor erótico y estético:
En el filo del gozo. Rosario Castellanos (Mexicana / 1925-1974)
IEntre la muerte y yo he erigido tu cuerpo:
que estrelle en ti sus olas funestas sin tocarme
y resbale en espuma deshecha y humillada.
Cuerpo de amor, de plenitud, de fiesta,
palabras que los vientos dispersan como pétalos,
campanas delirantes al crepúsculo.
Todo lo que la tierra echa a volar en pájaros,
todo lo que los lagos atesoran de cielo
más el bosque y la piedra y las colmenas.(Cuajada de cosechas bailo sobre las eras
mientras el tiempo llora por sus guadañas rotas.)Venturosa ciudad amurallada,
ceñida de milagros, descanso en el recinto
de este cuerpo que empieza donde termina el mío.II
Convulsa entre tus brazos como mar entre rocas,
rompiéndome en el filo del gozo o mansamente
lamiendo las arenas asoleadas.
(Bajo tu tacto tiemblo
como un arco en tensión palpitante de flechas
y de agudos silbidos inminentes.
Mi sangre se enardece igual que una jauría
olfateando la presa y el estrago.
Pero bajo tu voz mi corazón se rinde
en palomas devotas y sumisas.)III
Tu sabor se anticipa entre las uvas
que lentamente ceden a la lengua
comunicando azúcares íntimos y selectos.Tu presencia es el júbilo.
Cuando partes, arrasas jardines y transformas
la feliz somnolencia de la tórtola
en una fiera expectación de galgos.Y, amor, cuando regresas
el ánimo turbado te presiente
como los ciervos jóvenes la vecindad del agua.
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Moises Vega es poeta y director de escena. Estudios: Lic. en Filosofía por la Universidad Autónoma de Sinaloa y Lic. en Educación Artística por la Academia Estatal de Artes Francisco Martínez Cabrera.
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